Me he condenado a reír sin ganas,
a vivir sin vida,
a oler el gas que emanan los aparatos.
Me he reconocido entre el mar de muertos,
me he abierto una herida grande,
dejé mi sombrero mojado tras la puerta de la percepción.
Oigo rugir a las culebras,
beso con las manos a los árboles,
corro entre acantilado y vacío.
Y es que me siento tan vacío y acantilado,
tan quiebre de belleza y punto final,
que sólo me queda condenarme a punto final
con la esperanza de una segunda ronda de manos atadas,
un segundo Júpiter,
un tercer eco de tu voz.