lunes, 29 de febrero de 2016

Celoso del invierno se precipitó muerto muriendo pálido a mal traer, taconeando como en demolición, jadeó y cayó. Bajo su triste pulgar un inútil puñal permanece en silencio testigo igual de muerto que el lucho, como bestia reposando, sabiendo su captura pero con algo parecido a la esperanza.
Sin dinero y sin permiso, clarencio borrachito del pueblo lo mató a martillazo duro en la cabeza, por atrás pero fue que se asustó le vio la cuchilla (con la que se solía quitar aquellos gusanos amarillos zebrados) y se acordó que alguien no recuerda quién pero bien recuerda le juró muerte borracho de mierda gran basura cuando te encuentre sin mirones. Malinterpretó un gesto una palabra y la ráfaga de fierro se extendió por unos siete segundos, los siete más lúcidos que recuerda haber vivido como si la luna fuera un gran foco de luz sobre él actuando para un mundopúblicotestigo, fue-dijo- como si los árboles respiraran y siguieran la trama tan al ritmo que después del primer martillazo no pudo parar detener tan maravillosa entrega de orquestada, fue luz fue fuego se extendió como algo hecho y sabido por siglos por todos milenios como las canciones de la mamita antes de dormir antes que se vaya o en pedir no hay engaño.
Lo mató, sabía que lo mató. Por eso se escapó pa otro pueblo a seguir tomando a ver si olvida de una puta vez que los pajaritos no saben guardar secretos.