lunes, 5 de enero de 2009

Los huesos del árbol que me enseñó a reír
anteanoche se quebraron con el viento:
yo ni asistí a su funeral de vergüenza
y en la noche me vino a visitar una de sus hojas
amarrada a un paragüas de marfil de Otoño.

Anoche (ya es Verano) mi cama ardía con el aire
que se viciaba de mi delirio
y por la ventana entró una de las ramas de mi árbol
mientras por la puerta se fugaba una tristeza:
me reí sin sentido, como siempre,
pero con menos sentido que sin sentido
pues tenía razones para estar triste.

La charla duró hasta que sus ojos no pudieron más
y escaparon como reos lágrimas guardadas de años añejos,
de ésos en que lo abandoné.

Le conté muchas cosas personales
(un muerto ya no te puede traicionar).
Me dijo serio:
"Pensé que no me guardabas secretos"
Yo, entre hogueras y titanics caníbales:
"El que casi no te guarde secretos
no quiere decir que no te guarde secretos!"

Por la mañana me miré las manos con tierra
y les dije que me dejaran descansar un poco.