miércoles, 18 de junio de 2014
Muertejida.
Arácnida se acercaba la araña, mecánica como reloj. El reflejo de su sombra en los muebles lustrados anunciaba la muerte en la soledad antropomorfa de la casa, justo cuando abrían la puerta y la cruzaban (uno tras otro), una pareja de a dos. Prácticamente la charla erótica, alcohólica y errática se desprendía torrencial diluvio balbuceante, pájara, a ratos profunda y de buen gusto, entorpecida por los tropezones inevitables en la obscuridad violada contra los mismos muebles lustrados que, más que reflejo, una diminuta sombra guardaba en sus lomos. Una puerta se abrió en la cocina y dos vasos bajos se acoplaron a la imagen más varonil y de menor estatura, vasos que fueron comprados en un extremo de alguna feria olvidada en una calle olvidada, de una ciudad que no recuerdo, puro polvo, vasos que fueron llenados con vino, uno más allá del borde vertical ascendente y que dejó, como suele suceder en similares situaciones, un círculo burdeo, una aureola de fruta (circular) fermentada. Los pasos de cuatro pies descalzos se encontraron a medio pasillo y los pasos poco perceptibles de ocho patitas avanzaron en dirección fúnebre a la pieza, por debajo de la puerta, hasta la cama sin hacer. Un olor alquitranado sumergió la sala de sillones, flotó entre un florero atestado de flores falsas y una radio que hacía girar otra figura circular; luego agarró vuelo intentado escapar por ventanas semiabiertas de aquella muerte palpitante, una situación desflorada. Para descansar soñando, la muerte camuflada de vida se sorprendió tendida entre sábanas de poliéster sin sueño, atrapada en el umbral permanente de la acción presente y la próxima, aquella dilatada por el jolgorio, la hembra y una irónica carencia de pulcritud tan familiar y esperanzadora, tan de mortal. No se sabe si la palabra mal interceptó seductor-seducida, pero lo siguiente a oír fueron pasos-portazo-más pasos-un encendedor-sillón-vaso-garganta-pasos-resortes de cama y un cuerpo horizontal, como en un ataúd prematuro, quedó respirando cada vez más lento y cada vez más lento. El contacto con la piel sudada y notoriamente sexualizada enervó un deseo mortal de posesión en la muerte, que es una vieja cochina hüena pa´enamorarse. Besó el tejido carnoso a su paso entre los vellos y entre los pezones (inhabilitados para la magia de la lactancia), que subían y bajaban y ella recorrió aún más, como escalando un cuello mal afeitado, texturizado, sexualizado. A momentos, confundida, susurró "amo" y se sintió pequeña y servicial, una esclava sin nylon ni látex. La fragancia a noche borracha, a fuego consumido y brasas adyacentes, arropadas en las entrañas del amante dormido; todo era un cuadro degenerante. Un beso y la contracción muscular-dérmica, el proceso alterado con intenciones de supervivencia, una tráquea inútil, la desnudez y la danza cansada, el eco de un silencio redondo y el reflejo de la sombra arácnida de una amante peligrosa silbando sobre los muebles lustrados, la ventana, la calle.