Una Ariadna para mi Teseo, un cuerpo para mi alma, un ruido para mis oídos, un golpe para mi dolor. Algún día llegará un hombre con una invitación en sus manos y un bolso donde quepan todas mis cosas: nos colaremos en la fila, gritaremos en el hospital, nos reiremos en un funeral. Si él se cae, me lanzaré al suelo. Si él se levanta, yo vuelo. Lo duro, lo difícil será reconocerlo; pero seremos más libres que las palomas y las estrellas. Le mostraré mi casa. Me mostrará su calle. Por fin podré ir botando cruces, contra la corriente, robando sueños y tristezas y deudas con un sombrero en la mano. Quizás la invitación que traiga estará firmada por el director del hospital; quizás no. Tal vez rompa la ventana y salgamos corriendo de la mano, de los pelos. Ya casi puedo ver el cielo diurno, mañanero, con neblina, frío y todo y una orquesta de pajaritos, como la película que vimos ayer en la tarde, en la sala con los demás, en silencio y la dósis diaria, entre risas y llantos.