Muertos de risa lo enterraron, entre cantos bulliciosos, mucho vino y pito a ratos. Más que despedida era bienvenida y parecían esperarlo con ansias, pues no paraban de adularle las larvas y hasta las bisabuelas apresuradas corrían a echarse una manito de gato frente a espejos que más parecían espejismos.