domingo, 13 de julio de 2008

Corrió por las indescentes calles de antirrealezas de la mente mientras sus ojos seguían cerrados, su boca callada, su cuerpo en una cama y sus familiares a su lado.
La calle lloraba y, de momentos, se le escapaba un grito de tren enojado. Habían miles de gatos negros como la noche desfilando con los ojos bajos, pero no había ninguno. Un árbol le echó una ojeada espía y asesina y se le cayó por entre sus babosos dientes de madera, sabia. Él, por su parte, seguía corriendo.
En la casa dominaba el silencio, las lágrimas y los mocos. Un enorme cerbero vigilaba el patio mientras la noche se ennochecía más y más.
Por la calle pasó un gran viento con hojas del brazo que golpearon la espalda del corredor. Y en la habitación debieron cerrar la ventana por el frío. Los ahogados respiraban fuego y olían a mar.
En la calle un anciano reía sin dentadura mientras lo apuntaba con un dedo deforme y quebrado. Su barba descuidada sangraba de cerveza y sangre tan roja como amarilla. En su mano un vaso se posaba, y en el vaso cesos de una nueva invención: un ser humano. "¡Que maravillas hace la tecnología!" balbuceaba sin dejar de apuntar al finado. Pero ese dedo no era sólo dedo, era carne con uña; y esa uña acribillaba los pensamientos como fragmentos de pesadillas, vidrios y espejos.
Los peores pensamientos cruzaban por la mente de esos familiares y amigos al ver ese cuerpo tendido sobre esa cama infinita. Uno de los presentes ya buscaba una botella embriagadora, la que fuera...; y otros tres estaban inmersos en el humo que expulsaban sus bocas junto al cigarro en sus manos gastadas.
La calle terminaba en unas dos cuadras, chocando contra una casa algo mansión, mansión algo castillo, pero mansión. Estaba pintada completamente de ojos venosos, curiosos y otros preocupados. De todas las tallas, colores, edades, profesiones y tendencias políticas.
Ya sólo faltaba una cuadra para el impacto asesino. Volteó la vista atrás, pero todo había desaparecido: los gatos, las hojas y su viento, el anciano y la calle. Lo que persistía era la bulla de gritos delirantes.
Él abrió la puerta sucia del todo.
En la pieza, la casa, se escuchó el más infernal y acosador silencio. Todos se cegaron de lágrimas al ver un cadáver en la cama. El corredor también lloró, pero de terror, de espanto, al ver su propio cuerpo inmóvil, inerte detrás de la puerta, sobre la cama ensangrentada de penas y llantos. Acribillada por los años.