Algo cae del cielo.
Un astronauta me pisa la cabeza.
Gravedad cero, se rompen mis costillas.
Amanece frío, cenizas de hielo en la maleza,
fuego, dolor, tristeza en las mejillas,
el viento compone música contra las puertas,
los mauseleos gritan y huelen a cáncer,
enfermedad de ricos,
un martillo cae sobre Orión escondido,
el Sol se despierta, se levanta, se atrofia,
camina ligero entre las espinas
que le desgarran los brazos cegadores,
el frío le corroe la destreza y la fuerza,
los ojos lo ignoran y lo olvidan y lo matan.
Al Sur de las tinieblas hay un ojo de cristal.
Agonizamos todos con caras tóxicas,
comunes y corrientes, con invierno en las narices,
con infierno en los ojos,
con fatalidad en la boca viva como pez,
con predecible sangre en las venas,
con nada que regalarle al amanecer
y con mentiras en la punta de la lengua.
El astronauta tiene epilepsia.
Las hojas caen sobre mi cuerpo muerto.
Los pétalos tienen veneno.
El camino siempre va al precipicio.
Siempre el precipicio te trae a mí,
me lees la idiotez con que escribo;
el astronauta en mi cabeza
pide permiso para descender.