
Ella se durmió o soñaba que estaba despierta y él veló su sueño de diosa que tenía en jaque al rey. Pero el rey solo era un ratón temeroso atrapado por el gato negro de la botella que compró pero no probó porque el mareo en tetrapac es un juego de villanos. Decidió caminar sonámbula y entregarle algo de comprensión que tenía sabor a limosna obligada para esa cara de muerto ensangrentado. El moribundo no entendió la señal y una vez más escogió el salvavidas de plomo y se ahogó en su pozo, ese hoyo húmedo, que le era tan familiar que no supo cuándo dejó de respirar aire. Corrí a decirle que ya estaba finado, pero estaba tan cómodo allá al fondo, por fin se sentía abrazado, se sentía pleno, se sentía rodeado, su soledad se había acabado, llovía de abajo y refrescaba su desierto de años. Y le dió las gracias a ella, gracias a las estrellas y sobre todo gracias al vino que le resfrescó la muerte.
Roberto Silva.