viernes, 24 de abril de 2009


El silencio de los tambores, la expectación de los latidos, un corazón que se arroja, que gira, que baila. Mañana será noche y no hay nada peor que mañana. Mañana será frío y los niños de la calle se mueven para no congelarse. Mañana será infinito y tú no te darás ni cuenta con el ruido de los pasos del asesino tras la puerta. Pero la puerta se abre y solo entra el frío y el grito de los tambores, que lloran y se revuelcan por el suelo. Pero nadie te oye, estás solo en el suelo, arrojado como ropa sucia en una esquina y no hay nada más cruel que la ropa sucia en una esquina. Los fantasmas pasan a tu lado, te ignoran. Los aborígenes pasan a tu lado, te ignoran. Los piratas pasan a tu lado inmutables, te ignoran y todos ellos saltan como monos con navajas y tajos en los brazos. Tú eres un bulto que nadie quiere cargar. Tú eres una espina indeseable, una foto corrida, barro en el zapato. Te das cuenta, por fin, te das cuenta. No queda nada que hacer. Corres, saltas, te masticas, te dinamitas y explotas. No queda nada. Sólo te queda bailar escuchando tambor.
Mi inapetencia de vida, últimamente,
me ha cerrado puertas y ventanas
y portones y ventanales
a millones de sitios
desde millones de sitios
pero me abriga como mantaca en invierno
de las tormentas de la desesperanza
y la decepción,
pero no me dejo matar del todo
y puedo ser el negus de mi muerte,
la masilla de mi vida
o el lupanar de mi salvación.

domingo, 19 de abril de 2009

Me siento tan ajeno a mí, me siento
como ese humo que se escapó volando
o como la nieve que nunca vi caer.
Aterrado de mis pétalos
mi pensamiento me abandonó,
quizás gritando, no sé,
quizás llorando.
El tumulto de dolores que me habitaban
desangró hasta el último balbuceo
y se fue corriendo
por un sendero olvidado.
Los chamanes que me invocan
ocupan hojas verdes
pero yo solo renazco
con las violetas.

viernes, 17 de abril de 2009

Te reconozco de lejos
y te miro y creo que me miras
con tus ojos descarriados de siempre
y tanta gente al rededor.
La ciudad nos divorció antes
pero ahora nos hace tropezar
como una hoja seca que cae sobre otra
o las sobras de almuerzo de ayer y anteayer.
Nos reconocemos en seguida,
me conoces y no lo niegas,
te conozco y no salgo corriendo.
Estoy bañado de tiempo
y tú estás bañada de relojes.
Te miro, te guiño, te tiro un beso,
te espero con paciencia.
Miras para todos lados, me vuelves a mirar,
te muestro el mejor de mis dedos:
No vuelvas nunca a aparecerte de nuevo
o te muerdo una oreja.